El origen
"Lo que uno altera mediante el recuerdo tiene sin embargo una realidad, sea o no conocida".
Cormac McCarthy, La carretera.
—¿Por qué no sos más directo con esa chica? No hagas como tu amigo que me tuvo tres meses tirándole onda. Me agujereó la autoestima hasta el último minuto— le conté a Tomás, librero, ex Letras.
Tomás vivía una relación ambivalente con la carrera. Cuando la dejaba se sentía libre pero la extrañaba y sólo hablaba de retomarla. Cuando volvía a sus aulas era un ser miserable y esclavo por voluntad propia, la peor de las esclavitudes (decía). Hacía poco había vuelto a dejarla y experimentaba un terrible cold turkey. Con las mujeres le pasaba lo mismo. Qué hacer con Letras y por qué no funcionaban sus relaciones amorosas eran los temas de conversación cuando nos visitaba en Mitre.
— En el taller de Julián fue, ¿no?
— ¡Uf, ese taller! Sólo saqué en limpio a Martín. De cine, nada.
En una de mis etapas de experimentación vocacional, y buscando un taller de guión, me anoté por error en uno de cine avanzado. Dos boludas: la secretaria que me dio cualquier formulario y yo que lo completé sin mirar. Estaba bastante empezada la clase cuando me di cuenta de que no era el de guión, pero me dio vergüenza levantarme. De haberlo hecho, nunca me hubiera cruzado con Martín, que entró minutos después. Julián, el profesor, lo saludó con un abrazo. Martín amagó una sonrisa preocupada. Pensé que se sentiría mal por llegar tarde pero con el tiempo supe que ese aire de incomodidad con el entorno era su atmósfera habitual. Se conocían de la escuela de cine. Martín no estaba convencido de estar ahí porque era redundante. Yo estaba convencida de que no tenía que estar. Pero los dos nos quedamos.
Al principio él se sentaba en la misma fila que yo pero en la otra punta, contra la pared. A la segunda clase, me acerqué dos sillas para su lado. A la tercera, él se acercó otro tanto. Hasta que quedamos uno al lado del otro y nos sonreíamos ante el roce de codos cuando él abría su cuaderno o yo revolvía adentro de la cartera. Era un buen comienzo. Pero la rubia que se sentaba del otro lado de Martín empezó a hacerle comentarios. Se sabía todas las películas y sus respectivos directores. Yo sólo había visto Odisea en el espacio y El ciudadano Kane, así que entendí que era una batalla perdida. Cada tanto Martín resoplaba o comentaba algo para sí mismo, sobre todo después de las intervenciones de una chica de anteojos modernos con la que ya había tenido un cruce de opiniones. Tenerlo cerca me ponía nerviosa y en vez de tomar apuntes dibujaba una cadena de corazones que había aprendido a hacer en 7º grado, que se iban uniendo ad infinitum.
La chica de gafas pedía la palabra una vez más. Una mano en mi cuaderno me sacó del automatismo de los corazones: la birome de Martín dibujando una carita de vómito con anteojos, o algo así. Me reí. Yo tampoco me bancaba a los opinólogos. A los que interrumpían la clase sólo para demostrar cuánto sabían. A los que se apuraban a terminar las frases del otro. No me bancaba muchas cosas y estaba sola en eso, porque la gente necesita transmitir que es buena onda. Sólo se quejan de cosas de las que está bien visto putear, como el tráfico o la inflación. Pero si no te gusta el verano, las sorpresas ni los boliches, y no te jode la coca cola sin gas, no recibís empatía: algo funciona mal en vos. Esa gente me exasperaba. Pero con Martín fue diferente. Me sentí legitimada y mi intolerancia pasó a segundo plano, desdibujada por la suya. Fue como encontrar el club del que tendría que haber sido socia desde que nací. Y terminé contándole que no entendía nada de montaje y que me había confundido de taller. Me dijo: "estamos los dos atascados en este curso, si querés te ayudo así al menos no es una pérdida de tiempo".
Quedamos en encontrarnos la semana siguiente antes de cursar en el bar que estaba justo en diagonal, de esos antiguos, con mozo de profesión. Martín se tomaba en serio esas clases improvisadas, era como una introducción al cine para dummies. Apenas me sonreía cuando lo interrumpía para decir alguna pavada. Empecé a dudar de sus intenciones. Si le gustara, ya me hubiera dicho de vernos en otro lado. O de ir al cine.
— ¿Tres meses, Tincho? No te tenía tan dormilón, viejo.
— Sabía que se iba a dar llegado el momento, no quería apurar las cosas— acotó Martín desde el sillón.
— Qué zen...
— Qué ganas de matarlo. Fueron los meses más lindos y estresantes de mi vida— y me di vuelta para despeinarlo.
— Y entonces, ¿lo encaraste vos? —quiso saber Tomás.
— Te encaré yo, no mientas, amorcita. Tus señales no eran claras pero me di cuenta por tu balbuceo. Poneme el flequillo para el otro lado que así parezco Cumbio.
— Jaja. Pero fui la principal activadora. Tuve que hacer una puesta en escena para viajar con él en subte.
— Je, lo tengo registrado en el blog. Estabas muy linda ese día, con el pulóver rosa de las mangas anchas.
— Te re acordás... Era fuxia.
Cuando Tomi se fue, buscamos nuestras respectivas versiones de ese viaje en subte.
En mi cuaderno:
"Dejé pasar un subte aunque venía semivacío, y me senté a esperar. Nunca había hecho algo así, pero la atmósfera bajo tierra me daba confianza. Entonces apareciste, con una media sonrisa, como adivinándolo todo.
Te esperaba y sin embargo me sobresalté. No supe qué decir. ¿Qué se dice cuando está todo dicho? Traté de justificar mi presencia ahí: 'Voy a una fiesta de disfraces, por Caballito'. Era cierto, pero me pareció una mentira. No me acuerdo qué más dije ni que respondías. Estábamos cerca y el movimiento del vagón era dulce. Imaginé cómo sería un beso, sin animarme a darlo. El momento pasó y nos despedimos, ya en la calle, con la promesa de un encuentro".
En el blog de Martín:
"Salía del taller, al que entraba con más entusiasmo que convicción, dirigiéndome hacia el subte A, cuando descubro tu presencia, como accidental... 'Qué casualidad', mentiste con una sonrisa que encendía la comisura de tu boca (que tantas alegrías me dio y me da). 'Voy a una fiesta de disfraces en Caballito', añadiste, y creo que no mentías.
Al final del recorrido, y ya en la superficie, lejos de la ensoñación en la que me sumían tu belleza y el traqueteo del subte, desperté a la realidad y a mi timidez... mientras nos despedíamos, pensé en besarte, pero algo en mí decidió postergar esa felicidad que ya amenazaba con transformar mi modo de amar y de ver el mundo".
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