jueves, 5 de diciembre de 2013

CAPITULO 7

Gustos y otras yerbas

Martín y el uruguayo con olor a porro del 1º B pegaron onda. Se llamaba Álvaro, pero le decían Alvarito porque era petiso y de huesos chicos, y no había tenido la misma suerte que Messi con las super vitaminas. Eso nos contó. La parte de Messi me pareció que la decía siempre, a modo de presentación. Tocaba el bajo en una banda y, al igual que la mayoría de sus compatriotas, creía que Gardel, el dulce de leche y el mate eran tan uruguayos como Francescoli.

A Martín le caían simpáticas esas diatribas nacionalistas y cuando se cruzaban en la puerta o en el laverrap, se quedaban charlando. Alvarito se sorprendía de que Martín estuviera de acuerdo con él. Era el primer bonaerense (había nacido en Avellaneda y le gustaba definirse como "un negrito del primer cordón") convencido de que Gardel era tan uruguayo como el conde de Lautreamont. A mí ya no me sorprendían las opiniones de Martín. Cuando la pastera Botnia quiso instalarse en Fray Bentos y los ambientalistas lo rechazaron, él se había declarado a favor del progreso industrial. Consideraba a los ecologistas una pandemia, un cliché contradictorio: les molestaba el lucro y la contaminación ajena, pero usaban zapatos lacoste de cuero.

Con Alvarito hablaban de rock y fútbol. Y eso que Martín no tenía paciencia con las bandas nuevas. Pensaba que excepto los Beatles, Pink Floyd y los Guns, estaban todas sobrevaloradas y no aportaban nada nuevo. Asumí que le pasaba algo parecido con la literatura y por eso no leía a escritores de su edad. Pero me aclaró que sólo por envidia no iba más allá de las generaciones de Juan Forn, Daniel Link o Rodrigo Fresán.

Al ver que Martín se hacía amigo del uruguayo, Ángela aflojó con sus aprensiones y empezó a incluirlo en las charlas de hall de entrada. Pero con lo del mate no daba el brazo a torcer. Decía que por sus venas corría sangre calentada al punto justo, ni tibia ni hervida. Y reforzaba con una leyenda guaraní de la planta de yerba mate.

A mí me bastaba con dejar claro que el dulce de leche era argentino hasta el empalago. Podían arrebatarme la birome y el colectivo, pero con el dulce de leche, no. Y el respaldo teórico era  la poco creíble historia de la criada de Rosas que había quemado la leche en un descuido y al general le había encantado el menjunje resultante. Alvarito me escuchaba impresionado. Martín me miraba con una mezcla de ternura y pena por mi conocimiento wikipédico de las cosas. Las discusiones gastronómicas lo tenían sin cuidado, sólo comentaba que la cantidad de azúcar que contenía le parecía obscena.

— Nuestro vecino oriental nos invitó a verlo tocar. Por San Telmo — me dijo.

—Vayamos. Así le hacemos el aguante que no debe tener muchos amigos acá.

— Tiene algunos. No sé si estoy para ver bandas hasta las 3 de la mañana. A la gente le encanta mostrar sus cositas. Todos quieren que vayas a ver a su bandita repetida, o la muestra de sus esculturas con cáscara de naranja.

— Jaaaa, sí, a la gente le gusta compartir lo que hace. ¿A vos no te gusta que te lean?

— Estas mierdas que escribo ahora, no. Pero en todo caso, no obligo a nadie a hacerlo.

— ¿Querés quedarte a practicar tus escalas?

— Sí, vengo trabado, como si tuviera artrosis. Me cae joya Alvarito, pero no tengo ganas de aturdirme en esos tugurios con mal sonido.

— ¿Le dijiste lo que pensás de las bandas que le gustan?

— Je, sólo de las que me preguntó.

— Es fan de Radiohead.

— Radiohead está bien, pero si ya escuchaste Floyd o Kraftwerk resulta redundante. Es como Charly si escuchaste a Lennon o a Satie. A vos te gusta Radiohead porque soy a creep y a weirdo y te hace acordar a nosotros.

— Jaa, sí. Sos muy weirdo. Y yo un ángel.

— Absolutamente. So fucking special.

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