Las razones de Angela
— Ay, Martín, qué ingenuo. ¡Esas viejitas son pareja! Toda la perversidad de Mitre se hace carne en el 2º B — dije mientras le poníamos doble bolsa a las botellas en la caja de Eto no quiere.
— Son madre e hija, nada más. ¿De dónde sacás esas ideas? Qué bolsas de mierda, casi transparentes.
— Y pareja. Me contó Ángela. No están tan mal las bolsas... — dije mirando de reojo a Noemí, que contaba el vuelto.
— ¿Desde cuándo le creés a Ángela?
— Me equivoqué con esa buena mujer. La prejuzgué por sus prejuicios.
— Maneja algo de data pero fabula muchísimo— dijo Martín. Gracias, Noemí.
Eto no quiere dejó su cara de culo habitual y nos sonrió. Le sonrió a Martín, pero me puse cerquita para que no quedaran dudas de que estábamos juntos.
— Las vi. Se despedían en la puerta. La más vieja, con esa bata verde moho que no se saca nunca, le dio un beso cerca de la boca y le acarició la cara. Con lascivia.
— Jajaja, te encanta agregar esos detalles— dijo Martín, agarró las bolsas más pesadas y salimos del super.
— Preguntémosle ahora, debe estar en la puerta todavía. Uh, no compramos queso rallado.
— Porque venís pensando boludeces. No me jode comer los fideos sin queso.
— Los fideos sin queso no son fideos. Y vos tampoco te acordaste.
Cuando estaba de buen humor, Martín decía que mis distracciones se debían a un rico mundo interior donde me gustaba pasar el tiempo. Si estaba molesto decía que no me distinguía el culo del codo.
Incentivada por el interés que despertó su información, Ángela nos contó más cosas. La madre se llamaba María Luisa, la hija, Sara. Hacía 15 años que vivían en el edificio pero eran reservadas y ella había ido ganando su confianza de a poco. De todas las situaciones moralmente cuestionables de los habitantes de Mitre, la relación incestuosa parecía ser la más tolerada por Ángela. Durante el primer año un hombre entraba y salía del departamento (el padre de Sarita, conjeturaba). Pero con el tiempo no se lo vio más. La hija trabajaba en la biblioteca del Congreso aunque ya tenía edad para jubilarse. La madre cobraba una pensión. Los jueves hacían noche de bingo. Alguien las había visto llegar borrachas y a los besos. Ángela no fruncía la nariz cuando contaba esto, como hacía con los otros vecinos en falta. Yo fruncía la boca al escucharlo porque me costaba digerirlo.
— Son buenas mujeres, no le hacen mal a nadie —dijo, dando por concluida la charla. Hasta mañana, chicos.
Y subimos al departamento. Mientras decidíamos si cenar fideos sin queso o pedir pizza, seguimos dándole vueltas al asunto.
— ¿Viste con qué cuidado habla de ellas? Y es la primera vez que cierra una conversación—dije. ¡No bajo a la pizza!
— Se quería ir a cenar, ya eran casi las nueve.
— El chisme no tiene horario para ella, Martín. Acá hay algo más.
— Te veo venir con la hipótesis más obvia y pueril. Mataron y enterraron al marido, ¿no? Ángela las descubrió y la tienen amenazada.
— ¡Sí! También pudo haber sido un accidente, un forcejeo cuando las encontró en situación comprometida. El tipo está sepultado bajo las baldosas de la cocina o del living de las viejas, quién sabe. Lo único seguro es que Alvarito tiene un muerto en algún lugar de su techo.
— Ay, Martín, qué ingenuo. ¡Esas viejitas son pareja! Toda la perversidad de Mitre se hace carne en el 2º B — dije mientras le poníamos doble bolsa a las botellas en la caja de Eto no quiere.
— Son madre e hija, nada más. ¿De dónde sacás esas ideas? Qué bolsas de mierda, casi transparentes.
— Y pareja. Me contó Ángela. No están tan mal las bolsas... — dije mirando de reojo a Noemí, que contaba el vuelto.
— ¿Desde cuándo le creés a Ángela?
— Me equivoqué con esa buena mujer. La prejuzgué por sus prejuicios.
— Maneja algo de data pero fabula muchísimo— dijo Martín. Gracias, Noemí.
Eto no quiere dejó su cara de culo habitual y nos sonrió. Le sonrió a Martín, pero me puse cerquita para que no quedaran dudas de que estábamos juntos.
— Las vi. Se despedían en la puerta. La más vieja, con esa bata verde moho que no se saca nunca, le dio un beso cerca de la boca y le acarició la cara. Con lascivia.
— Jajaja, te encanta agregar esos detalles— dijo Martín, agarró las bolsas más pesadas y salimos del super.
— Preguntémosle ahora, debe estar en la puerta todavía. Uh, no compramos queso rallado.
— Porque venís pensando boludeces. No me jode comer los fideos sin queso.
— Los fideos sin queso no son fideos. Y vos tampoco te acordaste.
Cuando estaba de buen humor, Martín decía que mis distracciones se debían a un rico mundo interior donde me gustaba pasar el tiempo. Si estaba molesto decía que no me distinguía el culo del codo.
Incentivada por el interés que despertó su información, Ángela nos contó más cosas. La madre se llamaba María Luisa, la hija, Sara. Hacía 15 años que vivían en el edificio pero eran reservadas y ella había ido ganando su confianza de a poco. De todas las situaciones moralmente cuestionables de los habitantes de Mitre, la relación incestuosa parecía ser la más tolerada por Ángela. Durante el primer año un hombre entraba y salía del departamento (el padre de Sarita, conjeturaba). Pero con el tiempo no se lo vio más. La hija trabajaba en la biblioteca del Congreso aunque ya tenía edad para jubilarse. La madre cobraba una pensión. Los jueves hacían noche de bingo. Alguien las había visto llegar borrachas y a los besos. Ángela no fruncía la nariz cuando contaba esto, como hacía con los otros vecinos en falta. Yo fruncía la boca al escucharlo porque me costaba digerirlo.
— Son buenas mujeres, no le hacen mal a nadie —dijo, dando por concluida la charla. Hasta mañana, chicos.
Y subimos al departamento. Mientras decidíamos si cenar fideos sin queso o pedir pizza, seguimos dándole vueltas al asunto.
— ¿Viste con qué cuidado habla de ellas? Y es la primera vez que cierra una conversación—dije. ¡No bajo a la pizza!
— Se quería ir a cenar, ya eran casi las nueve.
— El chisme no tiene horario para ella, Martín. Acá hay algo más.
— Te veo venir con la hipótesis más obvia y pueril. Mataron y enterraron al marido, ¿no? Ángela las descubrió y la tienen amenazada.
— ¡Sí! También pudo haber sido un accidente, un forcejeo cuando las encontró en situación comprometida. El tipo está sepultado bajo las baldosas de la cocina o del living de las viejas, quién sabe. Lo único seguro es que Alvarito tiene un muerto en algún lugar de su techo.
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