viernes, 7 de marzo de 2014

CAPITULO 11


El origen

"Lo que uno altera mediante el recuerdo tiene sin embargo una realidad, sea o no conocida". 

Cormac McCarthy, La carretera.


 —¿Por qué no sos más directo con esa chica? No hagas como tu amigo que me tuvo tres meses tirándole onda. Me agujereó la autoestima hasta el último minuto—  le conté a Tomás, librero, ex Letras.

Tomás vivía una relación ambivalente con la carrera. Cuando la dejaba se sentía libre pero la extrañaba y sólo hablaba de retomarla. Cuando volvía a sus aulas era un ser miserable y esclavo por voluntad propia, la peor de las esclavitudes (decía). Hacía poco había vuelto a dejarla y experimentaba un terrible cold turkey. Con las mujeres le pasaba lo mismo. Qué hacer con Letras y por qué no funcionaban sus relaciones amorosas eran los temas de conversación cuando nos visitaba en Mitre.

— En el taller de Julián fue, ¿no?

— ¡Uf, ese taller! Sólo saqué en limpio a Martín. De cine, nada.

En una de mis etapas de experimentación vocacional, y buscando un taller de guión, me anoté por error en uno de cine avanzado. Dos boludas: la secretaria que me dio cualquier formulario y yo que lo completé sin mirar. Estaba bastante empezada la clase cuando me di cuenta de que no era el de guión, pero me dio vergüenza levantarme. De haberlo hecho, nunca me hubiera cruzado con Martín, que entró minutos después. Julián, el profesor, lo saludó con un abrazo. Martín amagó una sonrisa preocupada. Pensé que se sentiría mal por llegar tarde pero con el tiempo supe que ese aire de incomodidad con el entorno era su atmósfera habitual. Se conocían de la escuela de cine. Martín no estaba convencido de estar ahí porque era redundante. Yo estaba convencida de que no tenía que estar. Pero los dos nos quedamos.

Al principio él se sentaba en la misma fila que yo pero en la otra punta, contra la pared. A la segunda clase, me acerqué dos sillas para su lado. A la tercera, él se acercó otro tanto. Hasta que quedamos uno al lado del otro y nos sonreíamos ante el roce de codos cuando él abría su cuaderno o yo revolvía adentro de la cartera. Era un buen comienzo. Pero la rubia que se sentaba del otro lado de Martín empezó a hacerle comentarios. Se sabía todas las películas y sus respectivos directores. Yo sólo había visto Odisea en el espacio y El ciudadano Kane, así que entendí que era una batalla perdida. Cada tanto Martín resoplaba o comentaba algo para sí mismo, sobre todo después de las intervenciones de una chica de anteojos modernos con la que ya había tenido un cruce de opiniones. Tenerlo cerca me ponía nerviosa y en vez de tomar apuntes dibujaba una cadena de corazones que había aprendido a hacer en 7º grado, que se iban uniendo ad infinitum.

La chica de gafas pedía la palabra una vez más. Una mano en mi cuaderno me sacó del automatismo de los corazones: la birome de Martín dibujando una carita de vómito con anteojos, o algo así. Me reí. Yo tampoco me bancaba a los opinólogos. A los que interrumpían la clase sólo para demostrar cuánto sabían. A los que se apuraban a terminar las frases del otro. No me bancaba muchas cosas y estaba sola en eso, porque la gente  necesita transmitir que es buena onda. Sólo se quejan de cosas de las que está bien visto putear, como el tráfico o la inflación. Pero si no te gusta el verano, las sorpresas ni los boliches, y no te jode la coca cola sin gas, no recibís empatía: algo funciona mal en vos. Esa gente me exasperaba. Pero con Martín fue diferente. Me sentí legitimada y mi intolerancia pasó a segundo plano, desdibujada por la suya. Fue como encontrar el club del que tendría que haber sido socia desde que nací. Y terminé contándole que no entendía nada de montaje y que me había confundido de taller. Me dijo: "estamos los dos atascados en este curso, si querés te ayudo así al menos no es una pérdida de tiempo".

Quedamos en encontrarnos la semana siguiente antes de cursar en el bar que estaba justo en diagonal, de esos antiguos, con mozo de profesión. Martín se tomaba en serio esas clases improvisadas, era como una introducción al cine para dummies. Apenas me sonreía cuando lo interrumpía para decir alguna pavada. Empecé a dudar de sus intenciones. Si le gustara, ya me hubiera dicho de vernos en otro lado. O de ir al cine.

 — ¿Tres meses, Tincho? No te tenía tan dormilón, viejo.

— Sabía que se iba a dar llegado el momento, no quería apurar las cosas— acotó Martín desde el sillón.

— Qué zen...

— Qué ganas de matarlo. Fueron los meses más lindos y estresantes de mi vida—  y me di vuelta para despeinarlo.

— Y entonces, ¿lo encaraste vos? —quiso saber Tomás. 

—  Te encaré yo, no mientas, amorcita. Tus señales no eran claras pero me di cuenta por tu balbuceo. Poneme el flequillo para el otro lado que así parezco Cumbio.

— Jaja. Pero fui la principal activadora. Tuve que hacer una puesta en escena para viajar con él en subte.

— Je, lo tengo registrado en el blog. Estabas muy linda ese día, con el pulóver rosa de las mangas anchas.

— Te re acordás... Era fuxia.

Cuando Tomi se fue, buscamos nuestras respectivas versiones de ese viaje en subte. 

En mi cuaderno:
"Dejé pasar un subte aunque venía semivacío, y me senté a esperar. Nunca había hecho algo así, pero la atmósfera bajo tierra me daba confianza. Entonces apareciste, con una media sonrisa, como adivinándolo todo.
Te esperaba y sin embargo me sobresalté. No supe qué decir. ¿Qué se dice cuando está todo dicho? Traté de justificar mi presencia ahí: 'Voy a una fiesta de disfraces, por Caballito'. Era cierto, pero me pareció una mentira. No me acuerdo qué más dije ni que respondías. Estábamos cerca y el movimiento del vagón era dulce. Imaginé cómo sería un beso, sin animarme a darlo. El momento pasó y nos despedimos, ya en la calle, con la promesa de un encuentro".


En el blog de Martín:
"Salía del taller, al que entraba con más entusiasmo que convicción, dirigiéndome hacia el subte A, cuando descubro tu presencia, como accidental... 'Qué casualidad', mentiste con una sonrisa que encendía la comisura de tu boca (que tantas alegrías me dio y me da). 'Voy a una fiesta de disfraces en Caballito', añadiste, y creo que no mentías.
Al final del recorrido, y ya en la superficie, lejos de la ensoñación en la que me sumían tu belleza y el traqueteo del subte, desperté a la realidad y a mi timidez... mientras nos despedíamos, pensé en besarte, pero algo en mí decidió postergar esa felicidad que ya amenazaba con transformar mi modo de amar y de ver el mundo".

lunes, 23 de diciembre de 2013

CAPITULO 10

(Just like) Starting over


— Tocame — dijo Martín, mientras le acariciaba la cabeza. Ya habíamos desayunado pero no queríamos salir de la cama.

— Te estoy tocando. ¿Qué disco pusiste?

— Uno que te encanta. Más, tocame la cara. Con las dos manos—. Acomodó mis manos como él quería y cerró los ojos.

— Sos muy voraz, pancito.

— Decime pancito.

—  Jajaj, pensé que te molestaba... — le corrí el mechón de pelo y le di un beso en la frente. ¿Y Pantriste?

— Jaaa. Nada de lo que digas me molesta. Todo lo que sale de tu boca es bueno, bello y verdadero.

—  ¿George Harrison?

—  Casi. Santo Tomás de Aquino. Decime cosas lindas. Sólo hablás de lo mal que hago todo. Dame besos.

— Ja, ¡si todo lo que digo es bello y verdadero! Rascame la nariz. En la punta. ¡Adentro no! ¿Qué...?

— Sos tan linda. No lo arruines— . Se quedó mirándome un rato y me dio un beso.

"Let's take our chance and fly away somewhere alone...."

— Cantame más.

— Si me mirás así me da vergüenza. Laura nos dejó el borrador de la novela de Manuel, por si queríamos leerla...

— ¿Te parece? Todo bien con la novela del novio de tu amiga pero el poco tiempo que tengo lo quiero para leer el Quijote o Bomarzo, no la novelita posmopop de este chiquito.

— Ja ja ja. No te enojes. ¿Bomarzo? ¿Plomarzo?

Martín ignoró mi juego de palabras. Se sentó en la cama y empezó a revolver las sábanas.

— Sabés que ese flaco me parece un imbécil. ¿Lo escuchaste burlándose de la gente que comía al lado nuestro? Está gordo y en dos meses se queda pelado. Y la novela se la edita Papelera Norte. Yo en su lugar andaría con más tino.

— A veces es un poco engreído. No empieces con lo del restaurante por favor... Acá está— y le pasé la remera.

— Vos empezaste trayendo a ese imbécil a nuestro momento idílico.

— ¿Te vas a levantar? ¿Y si nos vamos unos días a Gesell?

Me miró con el entrecejo todavía fruncido pero suavizado por un anticipo de sonrisa:

— Ah, amaneciste pila. La costa en temporada es un hormiguero pateado, la paso como el orto. Me conocés, amor.

— No, antes de que empiece, podemos irnos cerca del 20 de diciembre. Para esa fecha están sólo los perros. Y lo buscamos a Forn. Nadamos de noche. Compramos barrenadores. Revolvemos librerías. Comemos panqueques.

— Je, tenés ganas de ir. Los panqueques te los debo. Pero podemos hacernos tatuajes gemelos. Mientras no elijas algo muy girly.

— Mmm... sí, bueno, vamos viendo.




martes, 17 de diciembre de 2013

CAPITULO 9

Las razones de Angela


— Ay, Martín, qué ingenuo. ¡Esas viejitas son pareja! Toda la perversidad de Mitre se hace carne en el 2º B — dije mientras le poníamos doble bolsa a las botellas en la caja de Eto no quiere.

— Son madre e hija, nada más. ¿De dónde sacás esas ideas? Qué bolsas de mierda, casi transparentes.

— Y pareja. Me contó Ángela. No están tan mal las bolsas... — dije mirando de reojo a Noemí, que contaba el vuelto.

— ¿Desde cuándo le creés a Ángela?

— Me equivoqué con esa buena mujer. La prejuzgué por sus prejuicios.

— Maneja algo de data pero fabula muchísimo— dijo Martín. Gracias, Noemí.

Eto no quiere dejó su cara de culo habitual y nos sonrió. Le sonrió a Martín, pero me puse cerquita para que no quedaran dudas de que estábamos juntos.

—  Las vi. Se despedían en la puerta. La más vieja, con esa bata verde moho que no se saca nunca, le dio un beso cerca de la boca y le acarició la cara. Con lascivia.

— Jajaja, te encanta agregar esos detalles— dijo Martín, agarró las bolsas más pesadas y salimos del super.

— Preguntémosle ahora, debe estar en la puerta todavía. Uh, no compramos queso rallado.

— Porque venís pensando boludeces. No me jode comer los fideos sin queso.

— Los fideos sin queso no son fideos. Y vos tampoco te acordaste.

Cuando estaba de buen humor, Martín decía que mis distracciones se debían a un rico mundo interior donde me gustaba pasar el tiempo. Si estaba molesto decía que no me distinguía el culo del codo.

Incentivada por el interés que despertó su información, Ángela nos contó más cosas. La madre se llamaba María Luisa, la hija, Sara. Hacía 15 años que vivían en el edificio pero eran reservadas y ella había ido ganando su confianza de a poco. De todas las situaciones moralmente cuestionables de los habitantes de Mitre, la relación incestuosa parecía ser la más tolerada por Ángela. Durante el primer año un hombre entraba y salía del departamento (el padre de Sarita, conjeturaba). Pero con el tiempo no se lo vio más. La hija trabajaba en la biblioteca del Congreso aunque ya tenía edad para jubilarse. La madre cobraba una pensión. Los jueves hacían noche de bingo. Alguien las había visto llegar borrachas y a los besos. Ángela no fruncía la nariz cuando contaba esto, como hacía con los otros vecinos en falta. Yo fruncía la boca al escucharlo porque me costaba digerirlo.

— Son buenas mujeres, no le hacen mal a nadie —dijo, dando por concluida la charla. Hasta mañana, chicos.

Y subimos al departamento. Mientras decidíamos si cenar fideos sin queso o pedir pizza, seguimos dándole vueltas al asunto.

— ¿Viste con qué cuidado habla de ellas? Y es la primera vez que cierra una conversación—dije. ¡No bajo a la pizza!

— Se quería ir a cenar, ya eran casi las nueve.

— El chisme no tiene horario para ella, Martín. Acá hay algo más.

— Te veo venir con la hipótesis más obvia y pueril. Mataron y enterraron al marido, ¿no? Ángela las descubrió y la tienen amenazada.

— ¡Sí! También pudo haber sido un accidente, un forcejeo cuando las encontró en situación comprometida. El tipo está sepultado bajo las baldosas de la cocina o del  living de las viejas, quién sabe. Lo único seguro es que Alvarito tiene un muerto en algún lugar de su techo.



miércoles, 11 de diciembre de 2013

CAPITULO 8

A coger aprenden todos solos


— No es con la decoración en general. Sólo cortinas y barrales. No me gusta pensar en cortinas.  ¿Viste cuando  te abruma la gente en el cine? ¿O cuando no podés seguir caminando si alguien te viene pisando los talones?

— Me llama la atención que te dejes intimidar por algo tan prosaico— dijo Martín con su taza de café en la mano. Es una buena oportunidad para enfrentar tus demonios de tela. Lo podés hacer muy bien, estoy seguro. Parafraseando al gran OP de Avellaneda: "A coger aprenden todos solos".

— Jaaaa, no hay como la sabiduría opeana. Pero no veo por qué tendría que ocuparme de tus cortinas. En mi casa ni siquiera puse todavía.

— Te va a venir joya la práctica. Y capaz te quedás a vivir acá, en un tiempo.

— Mientras dure tu temporadita, ni loca. El amontonamiento no es lo nuestro. Sólo funcionaríamos en un cinco ambientes.

— O un petit hotel. Estilo Villa Ocampo.

— Me conformo con no tener al lado un baldío lleno de ratas y jeringas.

— No bastardees nuestro nido de amor.

— Jajajaja. Perdón.

— Tenés una cana — y me hundió la mano en el pelo.

— Me salió el día que nos bajaron del taxi en Mitre y Uriburu.

— Epa, ¡qué carácter! ¿Así querés arrancar la mañana...?

— Martín, dejame el pelo y resolvamos lo de las cortinas. Tu vieja seguro se copa si le decís. Ella resuelve rápido y barato, aunque sin  demasiadas contemplaciones estéticas...

— Ojo con lo que decís de mi santa madre.

— Vi las cortinas de Avellaneda. Para lo que querés acá, zafan.

— Martita es pueblo. Y cree que el lujo es vulgaridad. Esas cortinas las puso hace 20 años.

— Jaa. Estás re contento de que Martita sea pueblo.

— Sí, más ahora que el OP está en cualquiera. Se cree que por tener dos macetas en Pilar y una chata es terrateniente.

— La otra es encargárselo a mi vieja... Pero va a tener dudas en el proceso y necesidad de feedback...

— Hagámoslo nosotros. ¿Compramos la tela y la cose alguien?

— Hay locales que se dedican a hacer cortinas. Y te dan un muestrario de telas.

— Viste que sabés.

— Cualquier cosa menos ir juntos a Once a ver telas.

— Je, me puedo bancar un Once sin patalear. Además te tengo que acompañar porque no te distinguís el culo del codo.

— Jaaajaa. Puede ser. Por eso me gusta estar con vos, para que me digas cuál es cuál.


jueves, 5 de diciembre de 2013

CAPITULO 7

Gustos y otras yerbas

Martín y el uruguayo con olor a porro del 1º B pegaron onda. Se llamaba Álvaro, pero le decían Alvarito porque era petiso y de huesos chicos, y no había tenido la misma suerte que Messi con las super vitaminas. Eso nos contó. La parte de Messi me pareció que la decía siempre, a modo de presentación. Tocaba el bajo en una banda y, al igual que la mayoría de sus compatriotas, creía que Gardel, el dulce de leche y el mate eran tan uruguayos como Francescoli.

A Martín le caían simpáticas esas diatribas nacionalistas y cuando se cruzaban en la puerta o en el laverrap, se quedaban charlando. Alvarito se sorprendía de que Martín estuviera de acuerdo con él. Era el primer bonaerense (había nacido en Avellaneda y le gustaba definirse como "un negrito del primer cordón") convencido de que Gardel era tan uruguayo como el conde de Lautreamont. A mí ya no me sorprendían las opiniones de Martín. Cuando la pastera Botnia quiso instalarse en Fray Bentos y los ambientalistas lo rechazaron, él se había declarado a favor del progreso industrial. Consideraba a los ecologistas una pandemia, un cliché contradictorio: les molestaba el lucro y la contaminación ajena, pero usaban zapatos lacoste de cuero.

Con Alvarito hablaban de rock y fútbol. Y eso que Martín no tenía paciencia con las bandas nuevas. Pensaba que excepto los Beatles, Pink Floyd y los Guns, estaban todas sobrevaloradas y no aportaban nada nuevo. Asumí que le pasaba algo parecido con la literatura y por eso no leía a escritores de su edad. Pero me aclaró que sólo por envidia no iba más allá de las generaciones de Juan Forn, Daniel Link o Rodrigo Fresán.

Al ver que Martín se hacía amigo del uruguayo, Ángela aflojó con sus aprensiones y empezó a incluirlo en las charlas de hall de entrada. Pero con lo del mate no daba el brazo a torcer. Decía que por sus venas corría sangre calentada al punto justo, ni tibia ni hervida. Y reforzaba con una leyenda guaraní de la planta de yerba mate.

A mí me bastaba con dejar claro que el dulce de leche era argentino hasta el empalago. Podían arrebatarme la birome y el colectivo, pero con el dulce de leche, no. Y el respaldo teórico era  la poco creíble historia de la criada de Rosas que había quemado la leche en un descuido y al general le había encantado el menjunje resultante. Alvarito me escuchaba impresionado. Martín me miraba con una mezcla de ternura y pena por mi conocimiento wikipédico de las cosas. Las discusiones gastronómicas lo tenían sin cuidado, sólo comentaba que la cantidad de azúcar que contenía le parecía obscena.

— Nuestro vecino oriental nos invitó a verlo tocar. Por San Telmo — me dijo.

—Vayamos. Así le hacemos el aguante que no debe tener muchos amigos acá.

— Tiene algunos. No sé si estoy para ver bandas hasta las 3 de la mañana. A la gente le encanta mostrar sus cositas. Todos quieren que vayas a ver a su bandita repetida, o la muestra de sus esculturas con cáscara de naranja.

— Jaaaa, sí, a la gente le gusta compartir lo que hace. ¿A vos no te gusta que te lean?

— Estas mierdas que escribo ahora, no. Pero en todo caso, no obligo a nadie a hacerlo.

— ¿Querés quedarte a practicar tus escalas?

— Sí, vengo trabado, como si tuviera artrosis. Me cae joya Alvarito, pero no tengo ganas de aturdirme en esos tugurios con mal sonido.

— ¿Le dijiste lo que pensás de las bandas que le gustan?

— Je, sólo de las que me preguntó.

— Es fan de Radiohead.

— Radiohead está bien, pero si ya escuchaste Floyd o Kraftwerk resulta redundante. Es como Charly si escuchaste a Lennon o a Satie. A vos te gusta Radiohead porque soy a creep y a weirdo y te hace acordar a nosotros.

— Jaa, sí. Sos muy weirdo. Y yo un ángel.

— Absolutamente. So fucking special.

martes, 3 de diciembre de 2013

CAPITULO 6


Eto tampoco quiere

— No es china, es coreana.

– ¿Quién?

– Noemí

– ¿Quién es Noemí?

– Eto no quiere

– Ahh. ¿Te hiciste amiga al final?

– No, pero escuché que una señora le preguntaba de dónde era. Le regala palitos de la selva a los nenes. Tiene buena onda con todos menos conmigo.

— Porque sos la que le encaja las monedas falsas.

— Ya tengo prontuario ahí. Voy a empezar a ir al otro super.

— Pero son dos cuadras más. Al pedo. Bancate que no te quieran.

— Qué boludo. Me mira mal. Capaz me hizo un vudú con magia coreana.

— Je, conmigo nunca tuvo mala onda.

— Por tu efecto conquista viejas, que no conoce límites raciales. Vení conmigo así sabe que estamos juntos y deja de desconfiar. Nunca nos vio juntos. Nunca nadie nos ve juntos porque no vamos juntos ni al chino.

— Pará de decir "juntos".

— Vení entonces.

— ¿Te parece?

— Ya sé que el ¿te parece? es en realidad "me parece una pelotudez". No me corras con tu método socrático pedorro.

— Jajaja. Sólo quería ayudarte a que te dieras cuenta sola.

— Somos como el árbol que cae en el bosque pero nadie lo ve ni lo oye. Entonces, ¿de verdad cayó? ¿Estamos juntos?

— Ah, estás especialmente boba hoy.  Estamos más juntos que mucha gente que se pavonea en pareja por ahí. Ángela y el OP nos vieron. ¿De quién es esa teoría del árbol, de Bucay?

— Ja, de algún sabio chino. Tipo Lao Tsé. Ángela no cuenta porque es testigo de dudosa moral. Y al OP lo comprenden las generales de la ley. Hablo de la vida real, no de la dimensión desconocida de este edificio.

— Jaja, estás fruteando. Y es falso que no vamos a ningún lado juntos. Quizá no con la frecuencia que a vos te gustaría, pero eso es otra cosa.

— ¿Te avergüenza pavonearte conmigo? ¿Es porque no sé griego antiguo?

— Jaaa, si soy un pavo y vos un milagro de la naturaleza, ¿cómo no voy a querer pavonearme con vos? Pero no necesito hacerlo.

— ¡Juntos!

martes, 26 de noviembre de 2013

CAPITULO 5

Cristina y Riquelme

Cada vez que subía a un taxi con Martín sentía que podía pasar cualquier cosa. Él prometía no generar conversación con el chofer. Pero no me garantizaba quedarse callado si el tipo le daba charla, y menos, no dar su opinión. Las discusiones pos taxi eran peores que las que seguían a los cumpleaños familiares. Martín se excusaba diciendo que era un tipo vehemente, y que si yo prefería estar con un pecho frío, nada me lo impedía. Vehemencia versus pecho frío eran mis únicas opciones. 

Pero ese año el conflicto entre Cristina y el campo puso fin a mis ganas de viajar cómoda. El "lock out patronal" ("piquete de la abundancia", me corregía Martín) duró demasiado y el voto no positivo subió la temperatura del invierno.

Cuando Martín respondía "caballero, discúlpeme pero tengo que disentir...", yo lo miraba con súplica en los ojos. Pero él ya no estaba ahí. Apretaba la boca y parecía sonreír en una mueca previa al enojo. Fruncía el entrecejo y respiraba fuerte. Cómo iba a terminar ese viaje era siempre una incógnita.

Esa mañana, él tenía que entregar un guión en la productora, por Colegiales. Estaba nervioso por los cambios que le habían pedido: lenguaje más llano, personajes más chatos. La tele es así. Yo tenía turno médico en Belgrano y se me había hecho tarde, así que me arriesgué a tomar taxi juntos.
Paramos uno en la esquina. Yo cruzaba los dedos para que el tachero fuera kirchnerista. Cristinista, mejor. Y de Boca. Riquelmista en lo posible.

El que nos tocó era un hombre de 55 o 60 años. Había aprendido a desconfiar de los maduros porque sus frases más comunes eran "mirá pibe, te lo digo yo que la sé lunga". O "en el 73´ vos no habías nacido". Martín no se bancaba ninguna de ésas. Cuando dábamos con un taxista que le gustaba, se alegraba de encontrar "un tipo sabio y prudente" y podían terminar cantando la marcha peronista, o emocionados por las hazañas de Juan Román.

Esta vez no hubo preludios. Buen día, buen día, para dónde van. Y "esta yegua hija de puta ahora se mete con el campo, que es el motor del país".
Me bajó un toque la presión. La cara de Martín empezó su transformación, pero antes de irse del todo me miró como disculpándose por lo que estaba por hacer. 

— "Le voy a pedir, señor, que no sea maleducado y no hable así de una dama, que además es nuestra presidenta, delante de otra dama". 

No recordaba la última vez que se habían referido a mí como una dama. 

— "Mirá flaco, yo en mi taxi hablo como se me da la gana. Y esta yegua nos va a hundir a todos, a vos también".

— "Caballero, usted está llevando pasajeros, no puede hablar como se le dé la gana. Esto es un transporte semipúblico. No voy a permitir que le falte el respeto a la presidenta y a la señorita".

No hizo falta que desplegara la parte teórica sobre las retenciones. Las discusiones con el OP lo mantenían entrenado y podría haberse lucido. Pero el chofer nos hizo bajar a dos cuadras de haber prendido el relojito.

— Perdoname, amor, viste lo desagradable que era ese tipo, no lo pude manejar. Sabés que estoy pasando por una temporadita...

— ¿Qué temporadita?

— Una temporada heavy, con la productora que me rompe las pelotas, la facultad que no sé para qué carajo la retomé. El dolor en la rodilla...

— Si yo hiciera ese bardo cada vez que estoy rayada con algo tu vida sería un infierno. 

— ¿Y pensás que no lo hacés? No gritás a lo Tincho pero tenés tu forma de enrostrarme lo mal que la estás pasando, como Gaudio.

— Jaaaa, ¡vos sos Gaudio! Pero en serio, no me tomo más taxis con vos.

— Bancame, es sólo una temporadita. Acordate, panta rei.