Cristina y Riquelme
Cada vez que subía a un taxi con Martín sentía que podía pasar cualquier cosa. Él prometía no generar conversación con el chofer. Pero no me garantizaba quedarse callado si el tipo le daba charla, y menos, no dar su opinión. Las discusiones pos taxi eran peores que las que seguían a los cumpleaños familiares. Martín se excusaba diciendo que era un tipo vehemente, y que si yo prefería estar con un pecho frío, nada me lo impedía. Vehemencia versus pecho frío eran mis únicas opciones.
Pero ese año el conflicto entre Cristina y el campo puso fin a mis ganas de viajar cómoda. El "lock out patronal" ("piquete de la abundancia", me corregía Martín) duró demasiado y el voto no positivo subió la temperatura del invierno.
Cuando Martín respondía "caballero, discúlpeme pero tengo que disentir...", yo lo miraba con súplica en los ojos. Pero él ya no estaba ahí. Apretaba la boca y parecía sonreír en una mueca previa al enojo. Fruncía el entrecejo y respiraba fuerte. Cómo iba a terminar ese viaje era siempre una incógnita.
Esa mañana, él tenía que entregar un guión en la productora, por Colegiales. Estaba nervioso por los cambios que le habían pedido: lenguaje más llano, personajes más chatos. La tele es así. Yo tenía turno médico en Belgrano y se me había hecho tarde, así que me arriesgué a tomar taxi juntos.
Paramos uno en la esquina. Yo cruzaba los dedos para que el tachero fuera kirchnerista. Cristinista, mejor. Y de Boca. Riquelmista en lo posible.
El que nos tocó era un hombre de 55 o 60 años. Había aprendido a desconfiar de los maduros porque sus frases más comunes eran "mirá pibe, te lo digo yo que la sé lunga". O "en el 73´ vos no habías nacido". Martín no se bancaba ninguna de ésas. Cuando dábamos con un taxista que le gustaba, se alegraba de encontrar "un tipo sabio y prudente" y podían terminar cantando la marcha peronista, o emocionados por las hazañas de Juan Román.
Esta vez no hubo preludios. Buen día, buen día, para dónde van. Y "esta yegua hija de puta ahora se mete con el campo, que es el motor del país".
Me bajó un toque la presión. La cara de Martín empezó su transformación, pero antes de irse del todo me miró como disculpándose por lo que estaba por hacer.
— "Le voy a pedir, señor, que no sea maleducado y no hable así de una dama, que además es nuestra presidenta, delante de otra dama".
No recordaba la última vez que se habían referido a mí como una dama.
— "Mirá flaco, yo en mi taxi hablo como se me da la gana. Y esta yegua nos va a hundir a todos, a vos también".
— "Caballero, usted está llevando pasajeros, no puede hablar como se le dé la gana. Esto es un transporte semipúblico. No voy a permitir que le falte el respeto a la presidenta y a la señorita".
No hizo falta que desplegara la parte teórica sobre las retenciones. Las discusiones con el OP lo mantenían entrenado y podría haberse lucido. Pero el chofer nos hizo bajar a dos cuadras de haber prendido el relojito.
— Perdoname, amor, viste lo desagradable que era ese tipo, no lo pude manejar. Sabés que estoy pasando por una temporadita...
— ¿Qué temporadita?
— Una temporada heavy, con la productora que me rompe las pelotas, la facultad que no sé para qué carajo la retomé. El dolor en la rodilla...
— Si yo hiciera ese bardo cada vez que estoy rayada con algo tu vida sería un infierno.
— ¿Y pensás que no lo hacés? No gritás a lo Tincho pero tenés tu forma de enrostrarme lo mal que la estás pasando, como Gaudio.
— Jaaaa, ¡vos sos Gaudio! Pero en serio, no me tomo más taxis con vos.
— Bancame, es sólo una temporadita. Acordate, panta rei.
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