sábado, 9 de noviembre de 2013

CAPITULO 1


Eto no quiere

Era la época pre tarjeta sube, en que no se concebía la vida sin monedas. Había escasez y eso generaba psicosis. El encanutamiento y posterior venta era noticia. Asistíamos sin dar crédito a esa locura por el metal.
Y abundaban también las monedas falsas, sobre todo de 25 y 50 centavos.

En el super chino de esa esquina de Congreso-Once, donde Martín se había mudado a un monoambiente luminoso en edificio siniestro de vecinos espeluznantes... (y abro acá un paréntesis para mencionar a la incestuosa pareja madre-hija que vivía en el segundo piso; al imitador de Silvio Soldán con su señora de tapado arratonado y pelo bordó. A la portera entrerriana de ascendencia alemana, que decía que el flaco del 1º B “fumaba marihuana porque era uruguayo y los uruguayos son raros". Lo decía frunciendo la nariz, por la baranda a porro o porque algo olía mal en ese país vecino).
Martín decía que yo estaba igual de perturbada que los vecinos, que las lecturas precoces en la infancia me habían quemado algún fusible. Entonces empezábamos con la discusión sobre si existe una literatura juvenil y qué tan nociva puede ser. Pero yo de verdad sentía que detrás de cualquiera de esas puertas podía haber una cocina de cocaína o una menor secuestrada. Que, como la casa de Usher, todo el edificio podría ser tragado por la vereda de la calle Mitre. Aunque Martín dijera que estaba sugestionada porque no me gustaba el barrio.

Pero quería contar otra cosa. La cajera de ese mercado chino. Le di sin saberlo una moneda falsa de 50 centavos. Me agarró la mano con fuerza, palma para arriba, y me incrustó la moneda. "Eto no quiere", dijo.
Admiré su sinceridad algo brutal. Le conté a Martín y nos reímos. Y empezamos a usar esa frase, que aplicaba a cualquier cosa. Porque en esa época ya había muchas cosas que no queríamos. Sobre todo en nuestra relación. Como cuando él daba mil vueltas para decir si venía o no al cumpleaños de mi viejo. Y el plan era un asado, no un viaje a Disney (o lo que sea que pudiera generarle pesadillas). Él no quería eso. Y tampoco yo quería su falta de ganas de acompañarme.
Yo no quería bajar siempre a recibir la pizza o el helado porque a él "le daba paja".
Él no quería caminar por San Telmo un domingo. En realidad no quería nada que interrumpiera la lectura del fin de semana.
Yo no quería ver siempre 678. Él no quería ver programas de cocina.
Yo no quería aprender a leer sus pentagramas. Él no quería ir al cine porque la gente habla, tose, escupe y hace ruido cuando mastica.

Pero queríamos estar juntos y no se nos pasaba. Aunque quisiéramos.

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