lunes, 18 de noviembre de 2013

CAPITULO 4



El OP pone el barral


— Le podemos decir a mi viejo que venga a colocarlo. Acá no hay herramientas ni escalera.

— Ver a Juan Carlos abrumado por dos tornillos y un barral sería orgásmico para tu viejo.

— No digas orgásmico y mi viejo en la misma construcción verbal.

— Prefiero que venga el OP, que también es freaky de las cajitas de herramientas.

— Dale, la cagada es que está re alto ese ventanal. Medio peligro para sesentones.

— Ya lo vamos a resolver.

Pasaron dos meses y el barral había rotado por distintos rincones del departamento, sin hacer pie en ninguno. Parado se caía, acostado en el piso quedaba feo y se llenaba de pelusas. Cuando Martín lo pateaba descalzo en la oscuridad, puteaba y decía "este barral de mierda, para qué carajo lo compramos". Ni hablar de que nos recordaba la secuencia en la maderera y nos avergonzaba por haber dejado salir lo peor de nosotros aquella mañana. Ahora estaba apoyado en un estante de la biblioteca, que era lo mejor del monoambiente. Una biblioteca de pared a pared, empotrada, razón por la que Martín se enamoró de Mitre e ignoró otros detalles del edificio ("el amor es eso, a vos te pasa lo mismo conmigo", me había dicho cuando le hice notar las desventajas de lo que estaba por alquilar). Pero ahí apoyado el barral molestaba para el tránsito de libros, así que decidimos hablar con el OP (Oscar Perrasi, el papá de Martín) para que viniera con la escalera.

Yo lo había visto pocas veces. Una en la calle, cuando nos cruzamos porque él tenía oficina cerca de Mitre. Me saludó con mucho cariño y me llamó "querida". Otra vez fuimos a la casa que él y Martita tenían en Pilar. Quizá no nos invitaban seguido a los asados por lo de la obscenidad. Y el asado del OP en la quinta era pantagruélico, en palabras de su hijo.

Martín bajó a abrirle la puerta. El OP tuvo que pasar la aduana de Ángela. Era domingo pero estaba tomando mate en la portería, con la puerta entreabierta. La habían llamado por una emergencia en lo del falso Soldán.

—  Ángela, éste es mi padre, Oscar.
— Ah, pero que señor más encantador. No podía ser otro que tu papá. ¡Su hijo es tan educado!

Ya en el departamento, El OP se hizo cargo de la situación. Arquitecto, profesor y amante de la historia y la economía, con tono didáctico describió cada paso de la colocación. Era bueno, pero ni su pedagogía podía cambiar mi opinión sobre los barrales.

Por primera vez pude observarlos de pie, uno al lado del otro. Casi de la misma altura, castaños, los dos con abundante cabellera. El OP más corpulento y de movimientos ceremoniosos. Martín, pura electricidad. Decía que había heredado del OP el pelo pero no las mañas, y que la aparente serenidad de su padre ocultaba una tanada siempre pronta a saltar (y eso sí lo había heredado). Compartían el don de la palabra: los dos hablaban bastante pero eran atentos en la escucha. Manejaban tiempos, sabían captar la atención de sus oyentes.
El OP remataba sus frases con el clásico "¿no es cierto?" de los docentes, que busca traer de nuevo al alumno distraido. Martín también usaba un remate, pero el suyo era un tímido "¿no?", que esperaba más empatía que consenso.

Daba la impresión de que la clase era para mí. Martín ya había aprobado esa introducción al tornillo y sonreía satisfecho de que por fin recibiera mi lección. Me costaba muchísimo mantener la atención en lo que iba diciendo el OP. No sabía si tenía que responder al "¿no es cierto?" con un movimiento de cabeza o un "mm". O ambos. Cuanto más pensaba qué responder, más me perdía. Me llegaba un rumor acerca de los tipos de destornillador. Por suerte mientras hablaba preparaba las herramientas, porque si se hubiera dado vuelta se habría encontrado con la mirada más vacía de toda su trayectoria como profesor.

Me escabullí para hacer mate, puse música, y los dejé conversando (no podía ir muy lejos en 40 m2). Cuando de la historia habían pasado a la política y se estaba por pudrir todo, el OP contempló su obra:

— Bueno, queridos, ahora sólo faltan las cortinas, que es lo más sencillo.

Qué iluso. No sospechaba los vericuetos que iba a traer consigo ese pedazo de tela con ganchitos.

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