sábado, 9 de noviembre de 2013

CAPITULO 2


Cosas concretas

No todo era lúgubre en el edificio de la calle Mitre. En nuestro último piso -lateral, vista a un baldío- el sol entraba con tanta insistencia por los ventanales altísimos que el madrugón era inevitable. Ese sector del monoambiente había sido ganado al balcón, por eso el piso estaba inclinado para favorecer el drenaje hacia una rejilla ahora anulada. Se imponía colocar un barral y poner cortinas. Martín se colgaba con ese tema. Cada vez que amanecíamos antes de que abrieran las panaderías y los juzgados, puteaba un poco y decía "se impone comprar un barral", o "hay que encarar ese temita". Pero al estar ya levantados la urgencia iba cediendo y para la tarde ni pensábamos en que a la mañana siguiente volvería a suceder.

A Martín le gustaba más proponer que disponer. Planeábamos cómo sería el barral: grosor, material, color. Y nos dábamos por satisfechos. Quedarnos en el discurso empezaba a definirnos como pareja. La claridad matinal dentro del departamento me recordaba a la luz en la pileta de Cocoon, intensa pero opaca, seguramente por la polución de la zona. Martín decía que era muy temprano para empezar a cargar las tintas contra el barrio, y que la polución de Buenos Aires no distinguía por comunas.

Salimos juntos y en la puerta nos detuvo Ángela, la portera. Mi plan era un buen día rápido porque conocía sus ansias de conversación. Pero Martín no me dio tiempo para advertirle y ya estaba ayudándola con su balde, escobillón y enseres. Le iba a poner cara de "saludala y seguí de largo" pero no llegué, y tuve que usar la de "para qué te hacés el amable!?", mordiéndome el labio inferior y entornando los ojos.

A Ángela no le alcanzaba la bocota para enumerar las cualidades de "Martincito". No era la primera vez que las señoras tomaban partido por él. Él era el bueno, yo la cortamambo. Él era cariñoso y yo arisca. Las viejas caían como chorlas ante sus comentarios ocurrentes. Las hacía reír. En el fondo las entendía, porque yo también era una de esas chorlitas. Una que nunca sabía qué decir cuando se generaba una conversación evitable.
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Me quedé rumiando por qué habíamos llegado a esa charla, los tres parados en el hall, con la puerta de entrada abierta y el piso húmedo. Mientras yo miraba el vacío, Martín y Ángela ya habían comentado el accidente del colectivo, el pronóstico meteorológico y  se habían felicitado mutuamente: él a ella por su nuevo nieto, ella a él por el guión terminado.

- Bueno, chicos, que tengan un lindo día. Vos cuidate la cartera que por acá andan unas ladronas. Son peruanas.

Hicimos juntos un tramo por Rivadavía. Una maderera nos puso ante un dilema: hacer realidad la colocación del barral y posterior cortinaje. Hacernos los boludos podría tener consecuencias nefastas. Era admitir que nunca íbamos a salir de lo discursivo-teórico. Y se sabe que las relaciones necesitan al menos un acto de concreción, cada tanto. Martín tenía las medidas anotadas en su cuaderno (le gustaba dibujar y le salía lindo). Así que entramos. Una pared que hacia las veces de muestrario de barrales nos desmotivó. Las opciones eran miles. Él creía que yo sabía de colgar cortinas porque es un tema de decoración. Yo asumía que todo lo que se adhiere a la pared mediante tornillos es rubro "carpintería" o "arreglos del hogar". Nos habíamos pasado la pelota basándonos en consideraciones sexistas que decíamos repudiar. Porque cuando se entra en la concreción hasta los principios tambalean.

Nos tratamos bastante mal delante del vendedor. Tuve que admitir que odiaba los barrales, nunca había tenido uno y me costaba concentrarme en elegirlo y ver qué tornillos llevaba. Martín sintió que me lavaba las manos y le reclamaba que asumiera su función natural fruto de esta sociedad patriarcal. Al final elegimos uno que no nos gustaba, y mientras él insultaba en solitario fui a pagar y retirar el paquete.

- No podés concentrarte sólo en lo que te interesa y divierte.
- No podés putear en voz alta en los locales.

De paso por el departamento para dejar la adquisión, volvimos a cruzarnos con la portera.

-Ay, chicos, qué caruchas. ¿Qué le hiciste, nena? No me lo retes, eh.

Fuck.

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