martes, 26 de noviembre de 2013

CAPITULO 5

Cristina y Riquelme

Cada vez que subía a un taxi con Martín sentía que podía pasar cualquier cosa. Él prometía no generar conversación con el chofer. Pero no me garantizaba quedarse callado si el tipo le daba charla, y menos, no dar su opinión. Las discusiones pos taxi eran peores que las que seguían a los cumpleaños familiares. Martín se excusaba diciendo que era un tipo vehemente, y que si yo prefería estar con un pecho frío, nada me lo impedía. Vehemencia versus pecho frío eran mis únicas opciones. 

Pero ese año el conflicto entre Cristina y el campo puso fin a mis ganas de viajar cómoda. El "lock out patronal" ("piquete de la abundancia", me corregía Martín) duró demasiado y el voto no positivo subió la temperatura del invierno.

Cuando Martín respondía "caballero, discúlpeme pero tengo que disentir...", yo lo miraba con súplica en los ojos. Pero él ya no estaba ahí. Apretaba la boca y parecía sonreír en una mueca previa al enojo. Fruncía el entrecejo y respiraba fuerte. Cómo iba a terminar ese viaje era siempre una incógnita.

Esa mañana, él tenía que entregar un guión en la productora, por Colegiales. Estaba nervioso por los cambios que le habían pedido: lenguaje más llano, personajes más chatos. La tele es así. Yo tenía turno médico en Belgrano y se me había hecho tarde, así que me arriesgué a tomar taxi juntos.
Paramos uno en la esquina. Yo cruzaba los dedos para que el tachero fuera kirchnerista. Cristinista, mejor. Y de Boca. Riquelmista en lo posible.

El que nos tocó era un hombre de 55 o 60 años. Había aprendido a desconfiar de los maduros porque sus frases más comunes eran "mirá pibe, te lo digo yo que la sé lunga". O "en el 73´ vos no habías nacido". Martín no se bancaba ninguna de ésas. Cuando dábamos con un taxista que le gustaba, se alegraba de encontrar "un tipo sabio y prudente" y podían terminar cantando la marcha peronista, o emocionados por las hazañas de Juan Román.

Esta vez no hubo preludios. Buen día, buen día, para dónde van. Y "esta yegua hija de puta ahora se mete con el campo, que es el motor del país".
Me bajó un toque la presión. La cara de Martín empezó su transformación, pero antes de irse del todo me miró como disculpándose por lo que estaba por hacer. 

— "Le voy a pedir, señor, que no sea maleducado y no hable así de una dama, que además es nuestra presidenta, delante de otra dama". 

No recordaba la última vez que se habían referido a mí como una dama. 

— "Mirá flaco, yo en mi taxi hablo como se me da la gana. Y esta yegua nos va a hundir a todos, a vos también".

— "Caballero, usted está llevando pasajeros, no puede hablar como se le dé la gana. Esto es un transporte semipúblico. No voy a permitir que le falte el respeto a la presidenta y a la señorita".

No hizo falta que desplegara la parte teórica sobre las retenciones. Las discusiones con el OP lo mantenían entrenado y podría haberse lucido. Pero el chofer nos hizo bajar a dos cuadras de haber prendido el relojito.

— Perdoname, amor, viste lo desagradable que era ese tipo, no lo pude manejar. Sabés que estoy pasando por una temporadita...

— ¿Qué temporadita?

— Una temporada heavy, con la productora que me rompe las pelotas, la facultad que no sé para qué carajo la retomé. El dolor en la rodilla...

— Si yo hiciera ese bardo cada vez que estoy rayada con algo tu vida sería un infierno. 

— ¿Y pensás que no lo hacés? No gritás a lo Tincho pero tenés tu forma de enrostrarme lo mal que la estás pasando, como Gaudio.

— Jaaaa, ¡vos sos Gaudio! Pero en serio, no me tomo más taxis con vos.

— Bancame, es sólo una temporadita. Acordate, panta rei.

lunes, 18 de noviembre de 2013

CAPITULO 4



El OP pone el barral


— Le podemos decir a mi viejo que venga a colocarlo. Acá no hay herramientas ni escalera.

— Ver a Juan Carlos abrumado por dos tornillos y un barral sería orgásmico para tu viejo.

— No digas orgásmico y mi viejo en la misma construcción verbal.

— Prefiero que venga el OP, que también es freaky de las cajitas de herramientas.

— Dale, la cagada es que está re alto ese ventanal. Medio peligro para sesentones.

— Ya lo vamos a resolver.

Pasaron dos meses y el barral había rotado por distintos rincones del departamento, sin hacer pie en ninguno. Parado se caía, acostado en el piso quedaba feo y se llenaba de pelusas. Cuando Martín lo pateaba descalzo en la oscuridad, puteaba y decía "este barral de mierda, para qué carajo lo compramos". Ni hablar de que nos recordaba la secuencia en la maderera y nos avergonzaba por haber dejado salir lo peor de nosotros aquella mañana. Ahora estaba apoyado en un estante de la biblioteca, que era lo mejor del monoambiente. Una biblioteca de pared a pared, empotrada, razón por la que Martín se enamoró de Mitre e ignoró otros detalles del edificio ("el amor es eso, a vos te pasa lo mismo conmigo", me había dicho cuando le hice notar las desventajas de lo que estaba por alquilar). Pero ahí apoyado el barral molestaba para el tránsito de libros, así que decidimos hablar con el OP (Oscar Perrasi, el papá de Martín) para que viniera con la escalera.

Yo lo había visto pocas veces. Una en la calle, cuando nos cruzamos porque él tenía oficina cerca de Mitre. Me saludó con mucho cariño y me llamó "querida". Otra vez fuimos a la casa que él y Martita tenían en Pilar. Quizá no nos invitaban seguido a los asados por lo de la obscenidad. Y el asado del OP en la quinta era pantagruélico, en palabras de su hijo.

Martín bajó a abrirle la puerta. El OP tuvo que pasar la aduana de Ángela. Era domingo pero estaba tomando mate en la portería, con la puerta entreabierta. La habían llamado por una emergencia en lo del falso Soldán.

—  Ángela, éste es mi padre, Oscar.
— Ah, pero que señor más encantador. No podía ser otro que tu papá. ¡Su hijo es tan educado!

Ya en el departamento, El OP se hizo cargo de la situación. Arquitecto, profesor y amante de la historia y la economía, con tono didáctico describió cada paso de la colocación. Era bueno, pero ni su pedagogía podía cambiar mi opinión sobre los barrales.

Por primera vez pude observarlos de pie, uno al lado del otro. Casi de la misma altura, castaños, los dos con abundante cabellera. El OP más corpulento y de movimientos ceremoniosos. Martín, pura electricidad. Decía que había heredado del OP el pelo pero no las mañas, y que la aparente serenidad de su padre ocultaba una tanada siempre pronta a saltar (y eso sí lo había heredado). Compartían el don de la palabra: los dos hablaban bastante pero eran atentos en la escucha. Manejaban tiempos, sabían captar la atención de sus oyentes.
El OP remataba sus frases con el clásico "¿no es cierto?" de los docentes, que busca traer de nuevo al alumno distraido. Martín también usaba un remate, pero el suyo era un tímido "¿no?", que esperaba más empatía que consenso.

Daba la impresión de que la clase era para mí. Martín ya había aprobado esa introducción al tornillo y sonreía satisfecho de que por fin recibiera mi lección. Me costaba muchísimo mantener la atención en lo que iba diciendo el OP. No sabía si tenía que responder al "¿no es cierto?" con un movimiento de cabeza o un "mm". O ambos. Cuanto más pensaba qué responder, más me perdía. Me llegaba un rumor acerca de los tipos de destornillador. Por suerte mientras hablaba preparaba las herramientas, porque si se hubiera dado vuelta se habría encontrado con la mirada más vacía de toda su trayectoria como profesor.

Me escabullí para hacer mate, puse música, y los dejé conversando (no podía ir muy lejos en 40 m2). Cuando de la historia habían pasado a la política y se estaba por pudrir todo, el OP contempló su obra:

— Bueno, queridos, ahora sólo faltan las cortinas, que es lo más sencillo.

Qué iluso. No sospechaba los vericuetos que iba a traer consigo ese pedazo de tela con ganchitos.

martes, 12 de noviembre de 2013

CAPITULO 3


Cumpleaños

— Ya fui el año pasado.

— Esa vez no cuenta, estabas haciendo buena letra porque recién empezábamos a salir. Además cada año se renueva la obligación, no se extinguió con ir una vez.

— Me dijo "Juan Carlos". Yo sí me acuerdo su nombre y le llevé un regalo. "Martiniano" podría haber zafado, pero ¡Juan Carlos!

— Bueno, mi viejo nunca se acuerda los nombres. No sos tan especial, lo hace con todos.

— ¿Con todos tus hombres?

— No, boludo. Con todo el mundo.

— Mi vieja se acuerda cómo te llamás.

— Obvio, Martita me adora. Si no fuera atea y progre, iría a Luján a agradecer que aparecí en tu vida. Y además mi vieja también se acuerda del tuyo.

— Porque tu madre es un milagro. Un ser celestial.

— Jaa, porque la ves dos veces al año.

— Y toda esa obscenidad del asado y la cultura de la carne.... ¿La gente sólo festeja comiendo y chupando?

— Buah. No vamos a dejar de almorzar porque hay hambre en el mundo. ¿Cómo querés celebrar, con un ciclo de cine a beneficio?

— No creo en juntarse a comer y tomar hasta reventar, y comentar sobre vidas ajenas.

— ¡Si te encanta chusmear con Ángela!

— Ángela es una laburante, una mujer que no tuvo las oportunidades que tenemos nosotros. Y con ella sólo hablo de temas generales.

— Ángela es filo nazi. No me extrañaría que sea hija de un soldado alemán exiliado en Entre Ríos.

— Jaa, puede ser... Nos estamos yendo por las ramas. Que quede claro que no soy un marido para que me zarandees y exhibas en eventos.

— Jajajajaja. Es eso, ¿no? Tenés miedo de que el próximo paso sea pedir tu mano. También te puedo zarandear sin libreta, eh.

— ¿Qué te reís tanto? Si soy re buen partido. Es obvio que te vas a querer casar conmigo eventualmente.

— Si existe algo como un "buen partido", creéme que no sos vos. Ojalá un día se me pase esta ceguera, cuento con eso. Mientras, sos como un grano en el culo.

— Jaaaa, ¡te encanta usar mis frases! No sé qué harías sin el Tincho. Mejor un rugbier que estudió administración de empresas, ¿no? No tenés idea de lo que son los tipos. Te vas a querer matar si nos separamos. Los hombres registran un porcentaje ínfimo de lo que dicen sus mujeres. Juegan a la play y se rascan los huevos. Quieren alguien que les cocine y les planche. Y las cagan en el 90% de los casos.

— Dejá de boicotear mis ganas de separarme, y de llevar agua para tu molino.

— Dejá de pelear contra mis molinos.

— ¿Qué te vas a poner para el cumpleaños?

— Dejame ver si tengo una remera decente.

— No tenés que estar impecable. Es un asado obsceno nomás.

sábado, 9 de noviembre de 2013

CAPITULO 2


Cosas concretas

No todo era lúgubre en el edificio de la calle Mitre. En nuestro último piso -lateral, vista a un baldío- el sol entraba con tanta insistencia por los ventanales altísimos que el madrugón era inevitable. Ese sector del monoambiente había sido ganado al balcón, por eso el piso estaba inclinado para favorecer el drenaje hacia una rejilla ahora anulada. Se imponía colocar un barral y poner cortinas. Martín se colgaba con ese tema. Cada vez que amanecíamos antes de que abrieran las panaderías y los juzgados, puteaba un poco y decía "se impone comprar un barral", o "hay que encarar ese temita". Pero al estar ya levantados la urgencia iba cediendo y para la tarde ni pensábamos en que a la mañana siguiente volvería a suceder.

A Martín le gustaba más proponer que disponer. Planeábamos cómo sería el barral: grosor, material, color. Y nos dábamos por satisfechos. Quedarnos en el discurso empezaba a definirnos como pareja. La claridad matinal dentro del departamento me recordaba a la luz en la pileta de Cocoon, intensa pero opaca, seguramente por la polución de la zona. Martín decía que era muy temprano para empezar a cargar las tintas contra el barrio, y que la polución de Buenos Aires no distinguía por comunas.

Salimos juntos y en la puerta nos detuvo Ángela, la portera. Mi plan era un buen día rápido porque conocía sus ansias de conversación. Pero Martín no me dio tiempo para advertirle y ya estaba ayudándola con su balde, escobillón y enseres. Le iba a poner cara de "saludala y seguí de largo" pero no llegué, y tuve que usar la de "para qué te hacés el amable!?", mordiéndome el labio inferior y entornando los ojos.

A Ángela no le alcanzaba la bocota para enumerar las cualidades de "Martincito". No era la primera vez que las señoras tomaban partido por él. Él era el bueno, yo la cortamambo. Él era cariñoso y yo arisca. Las viejas caían como chorlas ante sus comentarios ocurrentes. Las hacía reír. En el fondo las entendía, porque yo también era una de esas chorlitas. Una que nunca sabía qué decir cuando se generaba una conversación evitable.
.
Me quedé rumiando por qué habíamos llegado a esa charla, los tres parados en el hall, con la puerta de entrada abierta y el piso húmedo. Mientras yo miraba el vacío, Martín y Ángela ya habían comentado el accidente del colectivo, el pronóstico meteorológico y  se habían felicitado mutuamente: él a ella por su nuevo nieto, ella a él por el guión terminado.

- Bueno, chicos, que tengan un lindo día. Vos cuidate la cartera que por acá andan unas ladronas. Son peruanas.

Hicimos juntos un tramo por Rivadavía. Una maderera nos puso ante un dilema: hacer realidad la colocación del barral y posterior cortinaje. Hacernos los boludos podría tener consecuencias nefastas. Era admitir que nunca íbamos a salir de lo discursivo-teórico. Y se sabe que las relaciones necesitan al menos un acto de concreción, cada tanto. Martín tenía las medidas anotadas en su cuaderno (le gustaba dibujar y le salía lindo). Así que entramos. Una pared que hacia las veces de muestrario de barrales nos desmotivó. Las opciones eran miles. Él creía que yo sabía de colgar cortinas porque es un tema de decoración. Yo asumía que todo lo que se adhiere a la pared mediante tornillos es rubro "carpintería" o "arreglos del hogar". Nos habíamos pasado la pelota basándonos en consideraciones sexistas que decíamos repudiar. Porque cuando se entra en la concreción hasta los principios tambalean.

Nos tratamos bastante mal delante del vendedor. Tuve que admitir que odiaba los barrales, nunca había tenido uno y me costaba concentrarme en elegirlo y ver qué tornillos llevaba. Martín sintió que me lavaba las manos y le reclamaba que asumiera su función natural fruto de esta sociedad patriarcal. Al final elegimos uno que no nos gustaba, y mientras él insultaba en solitario fui a pagar y retirar el paquete.

- No podés concentrarte sólo en lo que te interesa y divierte.
- No podés putear en voz alta en los locales.

De paso por el departamento para dejar la adquisión, volvimos a cruzarnos con la portera.

-Ay, chicos, qué caruchas. ¿Qué le hiciste, nena? No me lo retes, eh.

Fuck.

CAPITULO 1


Eto no quiere

Era la época pre tarjeta sube, en que no se concebía la vida sin monedas. Había escasez y eso generaba psicosis. El encanutamiento y posterior venta era noticia. Asistíamos sin dar crédito a esa locura por el metal.
Y abundaban también las monedas falsas, sobre todo de 25 y 50 centavos.

En el super chino de esa esquina de Congreso-Once, donde Martín se había mudado a un monoambiente luminoso en edificio siniestro de vecinos espeluznantes... (y abro acá un paréntesis para mencionar a la incestuosa pareja madre-hija que vivía en el segundo piso; al imitador de Silvio Soldán con su señora de tapado arratonado y pelo bordó. A la portera entrerriana de ascendencia alemana, que decía que el flaco del 1º B “fumaba marihuana porque era uruguayo y los uruguayos son raros". Lo decía frunciendo la nariz, por la baranda a porro o porque algo olía mal en ese país vecino).
Martín decía que yo estaba igual de perturbada que los vecinos, que las lecturas precoces en la infancia me habían quemado algún fusible. Entonces empezábamos con la discusión sobre si existe una literatura juvenil y qué tan nociva puede ser. Pero yo de verdad sentía que detrás de cualquiera de esas puertas podía haber una cocina de cocaína o una menor secuestrada. Que, como la casa de Usher, todo el edificio podría ser tragado por la vereda de la calle Mitre. Aunque Martín dijera que estaba sugestionada porque no me gustaba el barrio.

Pero quería contar otra cosa. La cajera de ese mercado chino. Le di sin saberlo una moneda falsa de 50 centavos. Me agarró la mano con fuerza, palma para arriba, y me incrustó la moneda. "Eto no quiere", dijo.
Admiré su sinceridad algo brutal. Le conté a Martín y nos reímos. Y empezamos a usar esa frase, que aplicaba a cualquier cosa. Porque en esa época ya había muchas cosas que no queríamos. Sobre todo en nuestra relación. Como cuando él daba mil vueltas para decir si venía o no al cumpleaños de mi viejo. Y el plan era un asado, no un viaje a Disney (o lo que sea que pudiera generarle pesadillas). Él no quería eso. Y tampoco yo quería su falta de ganas de acompañarme.
Yo no quería bajar siempre a recibir la pizza o el helado porque a él "le daba paja".
Él no quería caminar por San Telmo un domingo. En realidad no quería nada que interrumpiera la lectura del fin de semana.
Yo no quería ver siempre 678. Él no quería ver programas de cocina.
Yo no quería aprender a leer sus pentagramas. Él no quería ir al cine porque la gente habla, tose, escupe y hace ruido cuando mastica.

Pero queríamos estar juntos y no se nos pasaba. Aunque quisiéramos.